diumenge, 11 de maig de 2014

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No podía levantar la cabeza. Ante él solo contemplaba un par de botas negras, desgastadas por el tiempo, mordidas en las puntas y cubiertas de polvo, arena y sangre. A duras penas escuchaba lo que su anfitrión le gritaba, le sangraban los oídos y estaba mareado.

Llevaba como 6 horas sentado en aquella maldita e incómoda silla de madera, amordazado y pateado. No sabía cuál era el motivo de su cautiverio, de repente un tipo le había asestado un golpe en la nuca con algún objeto metálico y más tarde había despertado allí.
Empezó a pensar si sería capaz de contener la respiración hasta morir y así acabar de una vez con aquello.
Las fuerzas le abandonaban, sabía que, en cuestión de minutos, iba a desfallecer.
Otro puñetazo. Esta vez en la mandíbula derecha. No pudo escupir los dos dientes que le habían saltado, ya que la mordaza no le permitía abrir los labios. Se estaba ahogando en su propia sangre, hasta que se rindió y se la tragó.

De repente sucedió. Siempre que aquello ocurría, nunca recordaba que pasaba a su alrededor. Empezó a arder su cuerpo, notaba como algo se fraguaba en su interior. Perdió el sentido.
El hombre que lo estaba atormentando reculó dos pasos atrás, mientras seguía maldiciendo, como queriendo conservar su orgullo de matón, a la vez que sus calzoncillos se humedecían de pavor. Qué era aquello?
La silla se partió y las mordazas saltaron. Unas garras de 20 centímetros asieron por el cuello a aquel desgraciado que había estado pateando al, ahora, no tan indefenso huésped. Levantó al matón hasta la altura de sus ojos, para que observara aquellos aterradores y grandes iris verdes antes de su fin. 
Aquel hombretón, ahora insignificante, lucía una americana gris, con insignias en la solapa, que lo condecoraban por algún mérito que, más que él, habían logrado sus abanderados. Su rostro estaba desfigurado del horror que estaba contemplando, intentaba, en vano, soltarse. 
La oscura criatura que ocupaba el lugar del desgraciado cautivo se acercó el rostro de su víctima. Sus moradas manos oprimieron más aún el cuello del hostigador hasta que notó que empezaba a convulsionar. Fue entonces cuando separó su cabeza de los hombros con la limpieza de un cuchillo jamonero.

Desde fuera, una veintena de individuos  observaban aquel atroz espectáculo.
A "aquello" era lo que buscaban, y lo habían encontrado. Ahora solo faltaba, controlar aquel demonio y que se uniera a sus filas.

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